Tokio en problemas. Parte 3: Zapatitos mágicos

Tokio en problemas. Parte 3: Zapatitos mágicos

Dos horas

En 2016, Ed Caesar publicó “Dos horas”, un libro donde exploraba las posibilidades de que el ser humano recorriera 42,195 kilómetros, la distancia de una maratón, en menos de dos horas: la resonancia de la maratón, prueba símbolo del olimpismo, y la redondez marketinera de los 120 minutos, han convertido a las dos horas en uno de los muros más emblemáticos del deporte moderno, la frontera que todos quieren batir, el horizonte inasible que ayuda a seguir caminando. Caesar repasa en su libro las innovaciones que empujan los límites de lo posible a medida que el atleta se acerca a sus fronteras fisiológicas, pero, finalmente, concluye que “estamos cerca del límite”: bajar solo dos minutos, del 2:04,55 de Paul Tergat al 2:02,57 de Dennis Kimetto, había llevado once años, y Caesar especulaba que bajar dos minutos más debería llevar el doble, teniendo en cuenta que, mientras más cerca del límite, más difícil. Pero dos años más tarde, Eliud Kipchoge bajaba dos minutos el récord mundial, a 2:01,31; y el año pasado, se convertía en el primer hombre en quebrar la marca de las dos horas. Asistimos, parece, a una aceleración, no una desaceleración.

Aquí es cuando el que sabe un poco me detiene. Kipchoge, me dice, no bajó las dos horas: su marca no es homologable porque no se atiene a las reglas. Corrió en una pista plana, usó liebres (los corredores que marcan el ritmo y cubren el viento) descartables y hasta un láser para marcar el ritmo necesario para romper la histórica barrera. Consiguió parar el reloj antes de las dos horas, pero de forma artificial, algo que tanto él como los organizadores, desde ya, sabían. Todo era una puesta en escena para vender las zapatillas que están cambiando el atletismo de forma radical: las Nike Vaporfly, los zapatos rosas en su primera versión (quizás un homenaje al calzado mágico rojo de “El Mago de Oz”, una señal de que ya no estamos en Kansas, Toto) que se sienten como “correr sobre almohadas” y que, para la vieja guardia, no son otra cosa que dopaje tecnológico.

Alianza para el progreso

La alianza entre las zapatillas y el deporte no es nueva. Tan temprano como 1936, la familia Dassler se dio cuenta de que poner sus zapatos en los pies de exitosos atletas era la forma de conseguir vender más en la Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler). Adolf Dassler llegó incluso a crear una zapatilla especial para Jesse Owens (en secreto, porque no se permitía el sponsoreo, y porque Owens era una amenaza para la dominación alemana de aquellos Juegos, y encima negro). Luego se peleó con su hermano y comenzaron a disputarse el auspicio de los atletas en cada justa olímpica. Adolf “Adi” Dassler fundó Adidas y su hermano Rudolph, Puma. La batalla fue voraz, con ambos empujando de forma agresiva a los atletas a utilizar su marca (con todo tipo de estrategias, como sobornar a los trabajadores del puerto para que no lleguen las zapatillas de la competencia). Adidas dominó, hasta que Puma apareció con un nuevo zapallo para velocistas que reemplazaba los toscos tapones con una especie de cepillo metálico. Adolf, utilizando sus influencias, consiguió que se prohibiera el calzado, en unas guerras comerciales tan escandalosas que acabaron con Avery Brundage, entonces presidente del COI, decidiendo que los logotipos de las prendas irían cubiertos. Una década más tarde aparecería Nike, con su suela de waffle, para volver a revolucionar el atletismo. Mientras el hijo de Adi Dassler, Horst, se convertía en el ideólogo de la nueva estructura, más amiga de las marcas y los negocios, del olimpismo (y también del fútbol: con su dinero, le permitió a Samaranch en el COI y a Havelange en la FIFA llegar al poder, prometiendo reformas deportivas y más poder a los países del tercer mundo -una historia para otro día-), la empresa estadounidense se convertía en uno de los principales socios de las justas deportivas globales.

La alianza entre marcas como Nike y federaciones como World Athletics es tan profunda que no faltó quien especulara que el organismo que controla el atletismo a nivel internacional sólo podía fallar a favor de las Vaporfly: en enero de 2020, a meses de la supuesta fecha de comienzo de los Juegos Olímpicos luego postergados (gran desventaja para la competencia, que intentaba lanzar su propia Vaporfly), WA emitió, tras muchas vueltas, su veredicto sobre las zapatillas mágicas que habían aparecido por primera vez en 2017 y que estaban ayudando a reescribir el libro de las marcas de media y larga distancia; la nueva regla reemplazó a la vieja, que solo prohibía “calzado que brinda una ventaja” al corredor, determinando que las zapatillas debían tener un ancho determinado en su suela (40 milímetros) y una sola placa de carbón en su interior. Además, establecía que no se permitirían en competencias oficiales zapatillas de prototipo (como las que usó Kipchoge para bajar las dos horas), es decir, calzado que no esté a disposición del público, una medida que apunta a hacer más justa esta carrera armamentística, que busca que las otras marcas puedan investigar de qué se trata el misterio de las Vaporfly: aunque se conocen los componentes de la zapatilla (una placa de carbón que estabiliza el zapato, envuelta en una suela de una espuma más liviana, que absorbe el golpe en el suelo -reduce el desgaste- como ninguna anterior y da más rebote al atleta -casi como un resorte, dicen sus detractores-), el resto de las marcas todavía no ha conseguido replicar un zapato que brinde esa mejora de hasta 4% en los tiempos que promociona Nike.

Esa cifra es la que genera la desconfianza y el pavor de los detractores: si sólo gracias al calzado, un corredor consigue mejorar su marca hasta 4%, es una ventaja injusta, claman. Es dopaje tecnológico, dicen. Nike responde que las zapatillas “no devuelven más energía de la que el corredor aplica”, aunque diversos estudios señalan que, si bien lo que dice la marca es cierto, el gasto de energía es sustancialmente menor respecto al calzado tradicional: el 2:01 de Kipchoge corresponde a una maratón de 2:03 con zapatillas clásicas, por ejemplo. La diferencia la marca efectivamente el zapato, al punto de que el día después de que Eliud rompió la marca de dos horas, los diez primeros maratonistas en Chicago cruzaron la meta con las Vaporfly (que entonces eran solo un prototipo y, dicen algunos, contenían más de una placa de carbón). Catorce de los veinte mejores tiempos de la historia de la maratón fueron señalados entre 2019 y 2021, con las zapas de Nike. Si a eso sumamos la versión para pista (las Dragonfly), el efecto de la marca de Oregon en los records de atletismo en las últimas dos temporadas ha sido brutal.

El calzado es tan diferente que numerosos atletas esponsoreados por otras marcas pidieron permiso para competir esta temporada, en los clasificatorios olímpicos, con las Nike. ¡Y las marcas accedieron!, porque prefieren ver a sus corredores en medio de la justa olímpica, con chances, y no afuera. Para Nike, esa ha sido la ecuación principal desde su nacimiento: la tecnología del calzado debe evolucionar para atraer a los mejores atletas y vender más. Y la decisión de World Athletics de permitir este calzado en sus competencias también es así de simple: necesitan records para vender el deporte.

El atletismo, como tantos deportes tradicionales, atraviesa una crisis de audiencia, y mucho más tras el retiro de Usain Bolt, el hombre que convocaba a espectadores de todo el mundo frente al televisor como nunca antes en la historia de la pista. Con el público joven mirando otra cosa hoy, a la hora de intentar imponer su producto el atletismo encuentra más pantallas que nunca, pero también una atención más esquiva y codiciada que nunca: el deporte, parte de la industria del entretenimiento, se tiene que enfrentar en feroz batalla con Netflix, con la Play y con Spotify por los escasos momentos de ocio de la población consumidora. Entonces, necesariamente, hay que elevar la calidad del espectáculo. Aunque sea de forma artificial.

Empujoncito

Algo que, por otro lado, no es nuevo: el ingeniero deportivo Steve Haake investigó la contribución de la tecnología en las actuaciones olímpicas, y encontró que la tecnología por sí solo podía explicar una mejora del 30% en el lanzamiento de jabalina y el salto con garrocha (las garrochas de fibra de vidrio reemplazaron a las metálicas, más pesadas, menos flexibles, y por ejemplo ayudaron a los atletas a romper 19 plusmarcas mundiales en la década desde su aparición, en 1961); en el ciclismo, calculó, 100% de la mejora del 221% en el récord de la hora se debe a la mejora en el aerodinamismo de las máquinas; y por supuesto, el caso más emblemático es el de las mallas Speedo LZR, hechas de poliuretano por la mismísima NASA. Abrazaban al cuerpo hasta 70 veces más que las mallas tradicionales, y su material aumentaba la flotabilidad del nadador, que de esa forma conseguía deslizarse por el agua con mucha menor resistencia del vital elemento y, claro, gastar mucha menos energía al hacerlo. No fue sorpresa que en Beijing 2008 el 98% de las competencias fuera ganadas por los atletas auspiciados por la marca. En un año, se bajaron 168 récords mundiales y, claro, las mallas espaciales fueron finalmente prohibidas por otorgar una ventaja injusta: hoy aquella era es recordada con desdén purista, y cada marca de 2009 que cae se celebra como un acto de justicia, pero qué bien la pasamos aquellas dos temporadas donde los records se desplomaban uno tras otro.

Ese “empujoncito” tecnológico fue la apuesta de World Athletics al permitir las Vaporfly, y también al formar, casi al mismo tiempo, una alianza con la tecnología Wavelight, que marca con un sistema de luces el ritmo de record mundial al costado de la pista, permitiendo a los fondistas manejar ritmos y esfuerzos sin tener que tejer complejas estrategias (y también le permite al público seguir ese récord a punto de caer, explica su creador Jos Hermens, dato no menor). La federación atlética llegó incluso, durante 2020, a organizar carreras diseñadas para bajar marcas, con un atleta siguiendo las lucecitas y el resto “haciéndole el aguante” en función de liebres. La tecnología no estará en los Juegos Olímpicos pero ya cumplió, brindándole entusiasmo a una temporada que, en medio de una pandemia, hubiera ofrecido marcas y eventos mediocres sin ese ayudín.

Es que el escenario es como lo planteó, con absoluta candidez, el mismísimo presidente de WA, el legendario Sebastian Coe: “Si nuestra actividad es el deporte, nuestro negocio es el entretenimiento. Queremos novedades que agreguen al valor de entretenimiento de nuestro deporte, y las luces lo hacen, agregan comprensión para el público, también algo de entusiasmo, de excitación. Y eso es lo que necesita nuestro deporte”. Su socio de las luces al costado del camino, Jos Hermens, fue igual de contundente: “¿Debemos volver a los tiempos de la Antigua Grecia y correr descalzos? Vamos. Seamos honestos. Nuestro deporte ya está sufriendo, y si escuchamos a los conservadores, nuestro deporte se va a morir. Siempre hay resistencia, siempre hubo entrenadores que hacen lo mismo durante 40 años. Pero hay que adaptarse. O nos vamos a morir”.