#Santiago2023 / "Último tirón"

#Santiago2023 / “Último tirón”

Son las 5 de la madrugada. Afuera es de noche; adentro, suena el despertador. El frío le comunica al cuerpo: hay que seguir durmiendo, tapados, aunque sea en esta cama incómoda. Pero el cuerpo tiene vida propia: está desganado, agarrotado, no ha dormido lo suficiente para descansar del esfuerzo de las últimas semanas (precisa dormir, quizás, durante un año seguido); pero se levanta, acostumbrado a ignorarse a sí mismo tras años de madrugadas heladas. Se levanta, aunque sabe que en un momento estará sufriendo.

Y efectivamente, cerca de las 10 de la mañana, ese cuerpo está encorvado por el peso del cansancio. Aplastado. Los brazos, pistones que la llevaron a ser ganadora de 9 medallas panamericanas (quizás 10, en un rato), cuelgan al costado de su cuerpo: no parecen poder siquiera llevar hasta la boca la botella de agua que cuelga inerte de su mano. Acaba de terminar en Tigre la sesión matinal, una de las últimas de una nueva concentración de la selección nacional de canotaje, y Sabrina Ameghino, que ha dejado vida familiar y tranquilidad para pasar una semana con atletas jóvenes y llenas de vigor, jadea. “No estoy cómoda”, suspira. Es un eufemismo que repetirá más tarde en las redes sociales: le duele todo. Le duelen más de 40 años de amaneceres, de ríos gélidos, de exigencia máxima, de canoas rotas, de fondos recortados, de concentraciones largas, de meses lejos de casa.

Pero hay que encontrar la manera de seguir, claro, como cualquiera, como todos, atrapados en rutinas aplastantes que no podemos o no queremos soltar. La técnica de autoconvencimiento funciona en el resto del equipo, más joven y entusiasta, y la mentira alimenta su energía: pasan salticando al lado de Ameghino, camino a las duchas, mientras ella se arrastra. Tiene 10 años más que la segunda más añeja del equipo, y ya estaba ganando medallas cuando la más jovencita estaba naciendo. A ella, experimentada, ajada por el viento en contra, se le hace difícil convencerse de que aquel esfuerzo vale. Por eso, notan sus compañeras, sus entrenadores, su entorno, la mirada, día a día, se le fue tornando alicaída.

Porque, ¿para qué? Lo ganado ya está ganado: difícilmente haya más gloria hacia adelante que para atrás. Tokio, su última chance olímpica, se escurrió en un mano a mano con su compañera de equipo Brenda Rojas, casi una pupila suya. En el horizonte lejano, los Juegos Panamericanos de Santiago. Falta, y siente que se está quedando atrás, que está corriendo a sus compañeras de atrás, como nunca.

“Las más chicas me están cagando a palos”, confesaba Sabrina por entonces. Se reía, pero es una de esas risas que esconden la vergüenza: sabe que es la que todos buscan para consejos, la voz autorizada, y no le gusta nada no poder seguirle el ritmo al resto. Otra vez resuena en su cabeza una idea: “Termino esto y me retiro”. Pero “esto” son los Juegos Panamericanos, sus sextos. Entonces, se arremanga y vuelve al baile.


La primera vez que se retiró no le dolía todo como ahora. Tampoco la segunda, pero sí la tercera: fue hace siete años, tras cumplir el sueño de ser parte de un Juego Olímpico. Durante el año previo, Ameghino prometía que Río 2016 era el punto de llegada: tras dos décadas en el canotaje, quería dedicarle tiempo a su hija Vera. Ameghino comunicó esa decisión en cadena nacional con Gonzalo Bonadeo, ya en los Juegos Panamericanos de 2015, e insistió con la idea del retiro hasta que la competencia olímpica terminó, un año más tarde.

“Me encanta viajar, pero yo, hoy, preferiría viajar menos, necesito estar con mi hija. Acá ni siquiera la puedo llamar por video porque internet se corta… Este es mi primer juego y el último, ponele la firma”, señaló hace siete años Ameghino, en la previa de su primera competencia olímpica, que disputó con 36 años. Dos semanas después, tan insatisfecha como Mick Jagger, decidió hacer caso omiso a sus propias declaraciones: una mala actuación en el día uno había dejado al K4 que completaban Brenda Rojas, Magdalena Garro y la naturalizada Alexandra Keresztesi fuera de la lucha grande, pero la resurrección del bote en el día de las finales-consuelo había alimentado el éxtasis de la experiencia olímpica en la palista ensenadense. En plena zona mixta ya decía que “me llevo muchas cosas. Y las ganas de seguir. Pero ahora quiero todo: vamos a ver cuando haya que hacer ochenta millones de kilómetros, volver a la parte dura…”

Ya llegarían los días ásperos, esos en los que uno se cuestiona la existencia, el sentido, pero, mientras tanto, Ameghino conmovía a todos, incluso a su hija Vera, quien le otorgaba el permiso para seguir. “Hasta la nena que fue a la Villa me dijo: ‘Ma, no dejes esto’, se dio cuenta de que es un mundo maravilloso”, comentaba a todo el mundo. Quizás fue una frase al pasar, pero la palista se aferró a esas palabras como un mantra.

De todos modos, aunque ya era evidente que el retiro sería temporal, Ameghino cumplió al menos parcialmente con lo que le había prometido a Vera: en 2017 entrenó cerca de su casa, y se bajó del seleccionado y las competencias. Ese año, Ameghino cumplió 37, y era fácil imaginar el final: volver al alto rendimiento a esa edad iba a requerir un esfuerzo masoquista, que parecía cada vez más insensato a medida que la ensenadense se acomodaba a las bondades de la vida casera, el hogar cálido, la hija amorosa, los huesos descansados. El freno le permitía tomar distancia de lo conseguido: no estaba mal un Juego Olímpico, mil títulos sudamericanos, siete medallas a nivel panamericano…

Y entonces frenaba el recuento. La espina de los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, cuando fue a buscar el oro que le faltaba a su arcón y no lo consiguió, ardía como una astilla infectada en su interior. Sería la fuerza que la llevaría de regreso en 2018. El fuego que enciende, pero que también quema.


“Último tirón. Último tirón”, balbuceaba Ameghino, jadeando sobre las aguas de Welland, a dos horas de Toronto, hace cinco años. “Último tirón”, repetía, arrodillado sobre la colina de grama al costado de las gradas, nervioso, Javier Correa, legendario palista argentino parte del equipo técnico. La actuación de la selección era ya ejemplar, pero Correa, también veterano, conocedor de las luchas de los adultos mayores del deporte, confesaba que quería que ganara Ameghino más que nada. “Último tirón”.

Media hora más tarde, Ameghino sostenía con sus manos su medalla, el peluche de la mascota de los Juegos y las lágrimas que no paraban de brotar. No era un llanto feliz: había entrado tercera y se retiraría, después de Río 2016 si conseguía el boleto, sin oros panamericanos.

Todo había sido en vano: ya veterana, con 33 años, Ameghino había regresado de su segundo retiro, con la bronca de lo ocurrido en 2012 como combustible y una misión, el oro panamericano. Quienes la conocieron en los días previos a Toronto contaban que entrenaba como una maníaca. Ameghino confesaría que, simplemente, sabía que aquel era el final, y decidió vaciar el tanque, tirar todo. Pero no había sido suficiente para conseguir esa presea dorada que la desveló durante toda su carrera: ¿qué duele más, perder pero saber que todavía hay espacio para mejorar, o dejar todo y que no sea suficiente?

“Ya tengo un montón de medallas, tuve cuatro Panamericanos, en tres de los cuales tuve medallas. Creo que no puedo pedir más. Me hubiera gustado tener un oro alguna vez, pero di todo lo que podía dar. No podía más. Vamos a intentar que el final sea en Río. Pero si no se da, le prometí a mi hija que me iba a quedar en casa con ella. Esto requiere de irse mucho tiempo de casa… Y ya está. Más no puedo pedir. Dos bronces y una plata, con 35 años… Ya estamos”, decía Ameghino. Eso fue hace ocho años.


La segunda vez que se retiró no le dolía el cuerpo pero sí el alma: por cuestiones burocráticas, para nada claras, cosas del amateurismo de las federaciones del deporte olímpico argentino que tantas veces son un obstáculo más para los esforzados atletas, en 2012 le negaron el boleto para los Juegos Olímpicos de Londres, pese a haber conseguido la clasificación con el sudor de su frente.

“Dejé de remar cuando pasó lo de Londres. Ahí dije basta, dejé todo, aparte era pleno invierno, remar con frío… No remé por no sé cuánto tiempo”, cuenta Ameghino. Tenía entonces 32 años, y pensar a esa edad, con la impotencia a cuestas y la culpa latente por tanto tiempo lejos de casa, en cuatro años más de esfuerzo, de madrugadas congeladas, de ampollas, para soñar con una clasificación olímpica a los 36 años, no le entraba en la cabeza.

Un año y medio más tarde, con el duelo por Londres terminado, el mar más calmo, Toronto aparecía en el horizonte: el equipo la extrañaba, había tiempo para recuperarse físicamente del parate, se sentía todavía fuerte. Y más que nada, quería el oro panamericano. Miró a su familia como un chico que pide permiso. Sus viejos, su hija, asintieron. “Vamos. Último tirón”, le susurraron.

Por eso, en las aguas de Welland, con su tercera medalla de aquellos Panamericanos de 2015 en la mano, Ameghino se abrazaba desconsolada al peluche. Era el final, y sin el oro, y pensar a esa edad, con la impotencia a cuestas y la culpa latente por tanto tiempo lejos de casa, en cuatro años más de esfuerzo, de madrugadas congeladas, de ampollas, para soñar con un oro panamericano a los 40 años, no le entraba en la cabeza.

Cuatro años más tarde, “la abuela del canotaje”, como ella misma se apodó, se subiría a lo más alto del podio en los Juegos Panamericanos de Lima 2019: en soledad, recorrió los 200 metros más rápido que nadie y, al terminar, se hizo un bollito de emoción en el kayak, mientras sus competidoras acercaban sus botes para abrazarla, conmovidas.


El K2 no es solo el nombre de la competencia en dupla del canotaje: también es una montaña perteneciente a la cordillera del Karakórum, en el sistema de los Himalayas que, con 8.611 metros, es la segunda montaña más alta de la Tierra, tras el Everest. Y, posiblemente, la más difícil de escalar.

Y sin embargo, Lionel Terray, al igual que otros hombres y mujeres, llegó a su cima. Sin incentivos económicos, porque no hay premio en metálico al final. Y escribió, entonces: “Hay gente que no entiende que abandonemos nuestro confort, seguridad y dinero, para venir a hacer algo tan inútil como escalar el K2. La verdad es que aunque pudiera dar una respuesta medio coherente, ellos nunca lo entenderían. Sólo sé que no estamos locos, y que allá arriba es la vida precisamente lo que buscamos”.


Ameghino recuerda cómo comenzó todo: era una mañana en noviembre de 1994, ella tenía 14 años y la madre la subió a la Rural Falcón junto a su hermana Lea, y aceleró hacia el club, mientras el sol, ese sol rojo del verano y de los recuerdos felices, se colaba por las ventanas.

“Teníamos 7 kilos de protector solar”, se ríe Ameghino. Las subieron a un bote, que era cualquier kayak, no una embarcación para competir, nada particularmente veloz. Pero “fue amor a primera vista”.

El amor duele: Ameghino escucha el despertador y abre los ojos. Son las 5 de la madrugada. Otra vez. Ducha, desayuno perezoso y a la pista en las tinieblas de la mañana. Tras metros y metros y metros recorridos en el kayak, el cansancio ensucia la técnica, Ameghino tira con el cuello en lugar de con la espalda, no consigue extraer demasiada potencia cada vez que entierra la pala en el agua. Sabe lo que tiene que corregir. Pero, al intentarlo se da cuenta: ahora está todavía más cansada, y es todavía más difícil sostener la técnica correcta. Todavía falta la mitad del entrenamiento. Y es solo el primer turno.

¿Es una rutina maníaca? “El deporte de alto rendimiento no es salud, duele, es quebrar el límite hasta llegar al máximo. Eso es lo que vamos a transmitirles a las pibas de abajo: hay veces que remás lesionada, hay que dejar a la familia, sacrificar tanto, tiene que doler tanto, y todo para disfrutar 10 minutos”, dice Ameghino. El goce de aquel noviembre de 1994 ya no está, esto es otra cosa que aquel amor a primera vista: la ensenadense dice que esto lo entendió cuando llegó Vera.


La primera vez que se retiró le dolía el corazón de felicidad: había nacido Vera mientras ella se preparaba para buscar la clasificación a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y “no me subía el pulso, me sentía muy somnolienta. Pensamos que estaba anémica, me hice un análisis de sangre y resulta que no estaba anémica: estaba recontra embarazada, como de ocho semanas”.

Ameghino dejó el deporte. “Fueron seis años de dedicarme a eso”, comenta. Seis años donde además de criar a Vera, terminó la carrera de Relaciones Públicas, estudió idiomas. Pero “no hice nada para mi cuerpo”.

Eran días, cuenta Ameghino entre risas pero con la culpa latente aún, de “olvidarme por primera vez de buscar a mi hija”. Vera fue el centro de aquella época. Por eso, cuando volvió al canotaje en 2010, en busca del último boleto a Londres, “cambié la cabeza: en su momento, yo no tenía la mente para ser atleta de alto rendimiento, no quería sufrir. Pero irte de tu casa para hacer el mínimo no tiene sentido si tenés una hija en casa. Bajás al agua con otro compromiso: no quiero estar lejos de Vera a cambio de nada”.


Diez años después de aquel primer regreso de 2010, el despertador vuelve a sonar en otra concentración, camino al Preolímpico de Tokio 2020. Son las 5, otra vez. Por un segundo, en la oscuridad, Ameghino duda. Siente cómo le palpitan los callos de las manos, las lastimaduras sin cerrar que volverán a mojarse con el agua marrón del delta, a infectarse, a doler. Es un segundo. Luego, otra vez a las duchas, otra vez el masticar mecánico del desayuno desabrido, otra vez el salir del departamento de noche, contra todo instinto de autoconservación.

Y eso que el hastío podrían haber ganado terreno luego de que los dos años que faltaban para Tokio se convirtieran en tres: cuando regresó por tercera vez, tras el año sabático de 2017, Ameghino pensaba que tendría un año para acondicionar el físico, un año dedicado a los Juegos Panamericanos de 2019 y el último tirón hasta Tokio, si se conseguía el pasaje. Pero el último esfuerzo se alargó por la pandemia que retrasó la competencia olímpica, de 2020 a 2021. De repente era un año más.

Y encima, un año donde durante cinco meses Ameghino, de 40 años, no tuvo contacto con el agua, cerrada por COVID. “No estoy acostumbrada a estar tanto tiempo adentro”, decía por entonces: entrenaba en el simulador de kayak, se armó un pequeño gimnasio con cosas prestadas e hizo lo que pudo en aquellos meses de encierro extremo. Sin poder dar clases, y en medio de otra crisis económica para Argentina, costaba llegar a fin de mes: Ameghino canalizaba la bronca en largas sesiones de ergo, esperando que le abrieran la puerta para ir a remar.

Un día llegó la noticia: volvían los entrenamientos. Ameghino regresó al agua, mientras se organizaba una concentración en Gualeguaychú para en un par de semanas intensivas recuperar la forma de la selección. Por supuesto, con protocolo. Antes de viajar, había que testear a los atletas para no esparcir el virus por Entre Ríos. Sabrina se hizo un hisopado: negativo. Una semana más tarde, se repitió la prueba: el testeo en sangre le dio negativo, pero hisopado le dio positivo. Ameghino pidió dos pruebas más, mientras llegaba una contraprueba negativa del laboratorio: ¿tenía o no tenía coronavirus? Una de las dos pruebas nuevas dio positivo y le dijeron: “Como no sabemos si tenés, por las dudas tenés”. Ameghino no iría a Gualeguaychú.

Mientras sus compañeras, jóvenes, capaces de entrenar con vitalidad después de noches largas, volvían al entrenamiento intensivo, Ameghino tenía que guardar reposo. “Fue como todo un megaproceso de bajón anímico”, cuenta la palista. Los días pasaron, la concentración en Entre Ríos también. Ameghino regresó al agua, dos semanas después y en Ensenada. Pero fue convocada, dos meses más tarde, para la segunda concentración, en Tigre. Allí, chocó con la realidad: “Perdí muchísimo. Entrenando a la par de las chicas, me doy cuenta de que estoy bastante atrás en relación a donde estábamos en marzo (de 2020). Y no es que ellas hicieron un salto de calidad: yo perdí. Así que intento revertir eso. Un desafío difícil para una mujer de mi edad, en el alto rendimiento… Por ahora me está doliendo mucho tratar de encontrarme, de tratar de ser la persona que era. Ya te contaré si tanta voluntad rindió frutos”.

“El equipo más joven me está pegando una biaba importante”, se reía Ameghino, pero no se reía. Venía de una sesión de entrenamiento que la vació. “Tragué olas”, confesaba entonces, entrando en la última semana de las diez de concentración en Villa La Ñata, con hisopados todas las semanas y un cerco que evita las visitas. Otra vez lejos de Vera: cuando, días después, atiende el teléfono, confesará que no tiene demasiado tiempo para charlar porque “prometí hacer vida familiar hoy”, y la culpa volverá a resonar en su voz.

Y sin embargo, Ameghino armó el bolso otra vez, para viajar a una tercera concentración, en Tafí del Valle, regresar para las Fiestas del 2020 y volver a salir, luego, hacia Tigre, donde ya comenzaban entonces las pruebas para conformar el equipo del Preolímpico que puede clasificarla a Tokio. Otra vez viajes, otra vez lejos de casa, otra vez a tragar olas, otra vez el despertador a las 5 de la madrugada, los desayunos masticados con dolor, el insomnio provocado por el ácido láctico, otra vez, y ahora, con 40 años. Otra vez a dar la batalla inútil contra el tiempo. ¿Una última vez? Un ratito más, deslizaba Ameghino.


Tokio no fue. Ella había conseguido la plaza, pero la postergación de los Juegos implicó evaluar internamente quién estaba más fuerte del equipo para el K1, la competencia individual, y Brenda Rojas se quedó con la plaza tras varios mano a mano donde superó a la ensenadense. Ameghino repite, una y otra vez, que se hizo justicia.

Podría haber sido la decepción final que empujara al retiro. Pero ya por entonces avisaba: no era el final. “Sigo con la idea de que ya es hora de dejar… pero por ahora tira más el deporte. Si ahora no llego a Tokio, seguramente me vuelva a tomar un añito, trabajando en casa, entrenando con los chicos del club… Pero quiero llegar a un Juego Panamericano más. A ver qué pasa”.

Lo que pasó, otra vez, fue remar contra la corriente. El K1 ya es de Brenda; el K2, de Brenda y Magui Garro, las dos más fuertes del equipo; el K4, el kayak de cuatro, se armó inicialmente de otra manera, con integrantes sub 23, pensando en el mundial de la categoría, y en el futuro. Por un momento, Sabrina parecía fuera de la selección. Quizás, sutilmente impulsada al retiro. Siguió. Contra los años, contra compañeras más jóvenes, contra el cansancio, contra el impulso de quedarse en casa, de no poner el despertador. Contra todo eso, finalmente, hoy compite Sabrina Ameghino, en sus sextos Juegos Panamericanos, con 43 años, tras caminar con la bandera de la delegación en la ceremonia de apertura de Santiago 2023.